Cartas a María

Caravaggio

CARTAS A MARÍA

Últimas horas de la Virgen María en la tierra. Sus amigos se despiden de Ella.

I

JUAN

Madre, mirándote hora, tendida en tu lecho, me parece mentira cómo ha pasado el tiempo.

Dicen que yo era el discípulo que tu hijo amaba. Pero aunque los demás no lo sepan, también soy el que más amas tú. O quizá, con la perspectiva que me dan los años, me doy cuenta de esa capacidad que tenéis las madres para conseguir que cada hijo se sienta único y el más querido.

Siempre he pensado que conectábamos tanto porque teníamos en común el haberle dicho “Sí” a Dios a primera hora. Pronto te supiste elegida desde toda la eternidad, y algo así me ocurrió a mí. Por eso nunca dudé de mi llamada y me lancé a seguir a Jesús desde muy jovencito.

María, nos tienes aquí reunidos a los primeros seguidores de Jesús, a los que dejamos las redes y le seguimos. ¡Hemos vivido tantas cosas juntos!

No imaginas cómo ansiaba volver a tu casa con Jesús después de tantos días por esos caminos hablando a las gentes de Dios. Regresar al hogar de Nazaret ha sido para mí la antesala del Cielo. Lo más parecido al paraíso. En este hogar sencillo se respiraba paz porque estabas tú, esperándonos como sólo sabe hacerlo una madre. Has sabido hacernos descansar. Nos escuchabas atentamente, te alegrabas cada vez que se nos unía más gente. También podía ver tu cara de dolor cuando recibías la noticia de que tu Jesús no era bien recibido en algún sitio. Ahora comprendo que esa era la espada que traspasaba tu alma.

Lo que más nos unió fue aquel día a los pies de la cruz. ¿Cómo no iba a estar allí, a tu lado? Madre, yo no entendía nada. Miles de ideas se me agolpaban en la cabeza: ¿cómo es posible que yo hubiese entregado mi vida a un Dios, a un ideal, cuyo hijo pendía ahora de una cruz como un vil malhechor? ¿Y si todo había sido un fraude? Pero tu mirada, a pesar del infinito dolor, me transmitía esperanza. Tus ojos me pedían que esperase, que confiase, que renovase una vez más ese “fiat” que he venido repitiendo cada día de mi vida. Y me fié. Por ti me fié, por ti esperé. ¡Y vaya si tuvimos recompensa!

Las palabras agonizantes de Jesús aquel día me parecieron de lo más normal: “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu Madre”. Jamás te hubiese dejado, María. Pienso que Jesús sólo quiso confirmar lo que debía hacer yo, y constatar esa herencia que ha dejado a toda la humanidad, que es el que seas la MADRE de todos nosotros.

Madre, siempre me he sentido un privilegiado. No me cabe duda de que nuestra lucha, y la sangre derramada por tu hijo va a dar frutos de eternidad. Sé que esta siembra de amor durará mientras haya hombres en la tierra. Pero el altísimo quiso contarme entre los primeros. Por ti ha entrado la salvación al mundo, y no sabes cómo me sobrepasa el estar viviendo contigo. Serán millones los que en un futuro te llamarán Madre, pero soy yo quien está en tu casa. Los demás me dicen que soy afortunado por poder cuidarte. Incluso ahora, en estos momentos de dolor en que es inminente tu partida al Cielo, me miran con envidia. Yo, un humilde pescador, cuyo único mérito ha sido seguir a tu hijo desde mi adolescencia, desde el instante en que noté que posaba sobre mí su mirada. Madre, daría mil vidas que tuviese por volver a estar en este hogar contigo. ¿Cómo podré pagar a Dios todo el bien que me ha hecho?

Eres la mujer eucarística, el primer sagrario. Esto se contará a lo largo de los siglos, pero soy yo quien está contigo. Sí, eres vaso sagrado. Y por eso Dios te quiere en cuerpo y alma en el Cielo. Quien llevó en su seno al Hijo de Dios, es lógico que vuelva al seno de Dios.

Cuando subas al Padre, le contaré a todos que no nos dejas solos, que podemos acudir a ti, incluso más que ahora: siempre. Y ahí estarás tú, contándole a Dios cosas bonitas de nosotros. Y nos seguirás mirando con mirada de Madre. Y que como hiciste conmigo, nos llevarás a todos de tu mano hacia tu hijo, siempre que no queramos soltarla. Especialmente a todos los que como tú y como yo quisieron que su libertad fuese decirle “Sí” a Dios desde primera hora.

Tu hijo, que te ama con locura,

Juan.

II

LUCAS

Mi señora:

Al amanecer, Juan me hizo llamar. Anoche te encontrabas débil, te ayudó a recostarte y te ha velado toda la noche. Ojalá me hubiese hecho venir antes. Han estado aquí todos, y por fin he conseguido que se retirasen a comer algo y descansar.

Tú estás dormida gracias al remedio que he te he preparado. Sabes que soy hombre de pocas palabras, reflexivo, y que lo mío es observar. Los otros hacen bromas a mi costa; será por deformación profesional, pero no puedo evitar tomar notas y hacer dibujos de lo que acontece, de lo que me contáis. Y así me tienes ante ti, escribiéndote cosas que a mi boca, por timidez o reserva, le cuesta pronunciar.

María, tu vida en la tierra se apaga. Los chicos me miran suplicantes: “¡haz algo!”. Pero este pobre médico, poco puede hacer ya. Entiendo su impotencia, yo también me siento así, pero es ley de vida. El dolor es grande y cuesta aceptar que te vas, pero todos nos iremos. La buena nueva es que por ti ha entrado la salvación al mundo, y les recuerdo que pronto estaremos juntos de nuevo, contigo y con Jesús en la casa del Padre. Tú lo sabes, y no faltan tus palabras de consuelo hacia nosotros.

¿Me creerás si te digo que me iría contigo? Son tantas las ganas que tengo de conocer a tu hijo… Vine a ti, a vosotros, de la mano de Pablo desde mi Antioquía natal. La primera vez que aparecí en tu hogar, me acogiste como uno más y enseguida me sentí querido por todos.

Pablo me hizo conocer una nueva perspectiva de la vida, que mi mente científica no era capaz de explicar, pero que daba sentido a todo. Me hablaba de Jesús, de ti, de el resto y comprendí las escrituras con una nueva luz. A través de Pablo, supe que Dios me quería para Él y no pude sino seguir sus pasos. ¡Ojalá los ojos de Jesús se hubiesen cruzado con los míos hace años!

María, me duele la parte de mi vida que he vivido sin tu hijo. Es verdad que ahora también me duelen mis miserias, pero sé que Él perdona siempre y que jamás se aparta de mi lado.

Sabes que no puedo evitar tener un cariño especial por Pablo, mi querido hermano, por mostrarme el camino hacia la vida eterna. Los viajes apostólicos y persecuciones que hemos sufrido juntos no han hecho sino unirnos más por amor a tu Hijo.

Pero tú, María, has sido tú quien me ha dado a conocer verdaderamente a Jesús. Tú siempre eres el camino para llegar a Él. Ahora se agolpan en mi mente tantos ratos que hemos pasado juntos. Si algo deseaba después de cada viaje era regresar a tu hogar. Siempre tu sonrisa, tu cariño, y adivinar que nos ocurría con solo mirarnos. Contigo nunca he necesitado dar muchas explicaciones, tú siempre te has adelantado a mis necesidades. Siempre la palabra acertada, ese detalle que sabes que podía hacerme sentir mejor y único.

Te decía que lo mío es la observación, pero tú me has enseñado a contemplar. El que observa, comprende. El que contempla, ama. Y por eso, tus ojos contemplativos de madre me han enseñado a querer. Me has descubierto lo que hay de bueno en cada uno y me has enseñado a disculpar.

María, ¿recuerdas nuestros paseos por el lago? Tú me hablabas de Jesús, de José, y yo tomaba notas y hacía dibujos, entre tus risas y observaciones: “el cabello más rizado, la barba más espesa, los ojos más redondos”… Y tú, a cambio, querías aprender las propiedades y los nombres en griego de las plantas, incluso me ayudabas a elaborar ungüentos, y lo hacías muy bien.

También me hablaste de ti, y de las cosas que guardabas en tu corazón. De aquel día, que te visitó el ángel, de tu “hágase”. De fiarte sin saber, de querer lo que Yavé quisiera. De José, el hombre fiel que más y mejor ha sabido querer. De la alegría de Jesús, de sus peripecias de niño. Y del inmenso dolor de entregárselo al Padre de aquel modo. Y me hablaste de perdón, porque incluso los que lo mataron juegan un papel en la historia de la redención. Y entonces, en mi mente, todo encajaba: toda la filosofía, toda la ciencia, la medicina adquiría su verdadero sentido, porque ni la ciencia ni la razón tienen sentido si no se dirigen a Dios.

Y en esta empresa sublime, yo soy el afortunado que ha comprendido el sentido de la vida y de la muerte de mano de la Madre del hijo de Dios. Este pobre médico es afortunado, y sólo puedo gastar en mi vida en curar el cuerpo y el alma, que es lo más importante, transmitiendo la alegría de la salvación.

Te irás, mi señora, en unas pocas horas. Acuérdate de nosotros en el paraíso, como has hecho en la tierra. Que nunca dejes de enseñarnos a mirar con tus ojos, para contemplar a todos y todo cuanto nos rodea como lo ve Dios. Danos ojos de Madre como los tuyos.

Este pobre médico te suplica que seas tú el alivio y la salvación de mi alma.

Mi señora, este hijo tuyo que te venera, sólo te pide que seas tú quien me espere y me abra la puesta del paraíso, como un día me abriste la puerta de tu casa.

Lucas.

III

PEDRO

Mi madre, dulce madre, mi refugio:

No quería pensar en que llegaría este momento, pero ya no hay vuelta atrás. El aplomo de Lucas y el misericordioso Juan nos dicen que estemos tranquilos, que pronto estaremos todos juntos. Y en el fondo lo sé, pero me hierve la sangre al pensar en mi vida sin ti.

Jesús quiso llamarme “roca”, pero yo no podía serlo sin ti, que eres mi fortaleza.

Madre, me conociste impetuoso, hiperlocuaz, impaciente, “mete patas”, irreflexivo… y tú supiste con comprensión y cariño enseñarme a luchar por convertir mis defectos en virtudes. Tus ojos de Madre me veían audaz, verbilocuente, divertido… una joya en bruto. Me fuiste corrigiendo de modo inadvertido para mí.

Si tu hijo quiso verme como roca, es por lo que tú hiciste en mi alma.

Siempre has estado ahí para mí, como si no tuvieses a nadie más que atender, como si fuese tu hijo único. Mi carácter primario me ha hecho meter la pata tantas veces… y cuando era consciente de lo que había dicho o hecho, tú consolabas mi pena, me hacías rectificar y me enseñaste a pedir perdón.

En el momento más aciago de mi vida, me rescataste de la angustia. Fui capaz de negar a Jesús. Os dejé solos. Te dejé sola, con algunas mujeres y con Juan. El que se supone que debía estar ahí, en el momento más duro, abandonó. No supe estar a tu lado cuando pasabas por lo más duro que una madre puede pasar. Tu hijo, el hijo de Dios, tratado hasta la muerte como un criminal. Huí, tuve miedo, lo tiré todo por la borda y arrastré a los demás. Y cuando todo pasó, me buscaste, recompusiste mi alma. Yo lloraba como un niño pequeño entre tus brazos. Y tú sólo tenías palabras de aliento, a pesar de tener el corazón roto por el dolor. Me recordabas las palabras de Isaías: “No quebrará la caña cascada, ni apagará el pabilo humeante”. Dios perdona siempre, se trata de pedir perdón y recomenzar. Y gracias a ti, recomencé con más ímpetu. Ahora sé que nadie esta perdido y que siempre es tiempo de volver a empezar.

Muchas veces te he manifestado mi asombro: ¿cómo es posible que Dios haya pensado en este bruto pescador como jefe de su rebaño? Y tú siempre dices que “Él escoge a los humildes para confundir a los sabios”.

María, yo no soy sabio, sólo sé que quiero ser fiel y servir a Dios hasta mi último aliento. Paso horas recogido en oración porque si no, este pobre pecador sería incapaz de llevar a cabo su misión.

Madre, ¿cómo podré vivir sin ti? No dejes de guiarme cuando no estés en esta tierra, no me dejes nunca. No sé lo que me deparará el futuro, donde me llevarán las necesidades de mis hermanos, pero no me sueltes nunca de la mano. Sigue susurrándome el mejor modo de obrar para que todos vayan con Pedro, por ti, hacia Jesús.

Tu hijo que te necesita más que nunca,

Pedro.

© Pilar Vidal.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Eso fue todo: nada.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

La lettre

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Parlami d’amore, Mariù

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Chanson de matin

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Mi vida sin ti

Hermann Winterhalter: "Inocencia".

Hermann Winterhalter: “Inocencia”.

Hoy, que era el día, mi vida sin ti tiene aroma de borrón y cuenta nueva; de distinto horizonte con la misma esperanza. De crecer para adentro; de todo lo bueno. Sin ti.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Para tocar el cielo

29 enero (1) 29 enero (2)

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario